COVID-19: atención a indígenas y comunidades marginadas

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Category: Noticias, Prevención desde la comunidad

Las recomendaciones para mitigar el impacto de la pandemia del COVID-19 en México se refieren básicamente a tres temas: aislamiento, distanciamiento social e higiene personal. Como aún no se tiene vacuna ni medicamentos específicos ni un tratamiento cien por ciento efectivo, también se ha recomendado cuidar nuestro sistema inmunológico –que es con lo único que la podemos enfrentar– con una buena alimentación, ejercicio, descanso y no estrés. Son recomendaciones que han sido respaldadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y seguidas en la mayoría de los países. Lo anterior, con el fin de romper la cadena de contagio y así aplanar la curva ascendente de la infección y evitar, sobre todo, el colapso de los hospitales que atenderán alrededor del 15% de los enfermos con complicaciones, de los cuales el 5% caerá en situación crítica.

A pesar de la gran velocidad con la que se ha esparcido el virus a nivel global, gracias a los sistemas modernos de ciencia y tecnología se cuenta con información muy valiosa de los países en los que la pandemia se está desarrollando con unas semanas de anticipación al caso de México. Esta información es muy variada y va desde un mayor conocimiento de las características del novel virus, como su genoma y su alta contagiosidad aun en los casos asintomáticos, hasta la identificación de la población más vulnerable. Así, se ha mencionado en múltiples fuentes que la población con mayor riesgo de mortalidad se compone de los ancianos y adultos mayores, así como de aquellos que padecen enfermedades respiratorias, hipertensión, cardiopatías, diabetes, sobrepeso y cáncer.

También se ha podido identificar cuáles son los sectores sociales más afectados. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la alarma se encendió al observar que la mortalidad se ha concentrado, desproporcionadamente, en la población afrodescendiente e hispana. De primera impresión, se podría formular la hipótesis de una matriz genética; sin embargo, el análisis más bien apunta a la vigencia de lo que la teoría social crítica señala sobre la desigualdad social del sistema económico.

De esta manera, los grupos sociales afro e hispanos, aunque cada uno comparte cierta matriz étnica y cultural, probablemente genética, hoy por hoy en Estados Unidos son parte de la clase social trabajadora, estructuralmente discriminada, que concentra el desempleo, los ingresos bajos, menores niveles educativos, hacinamiento residencial y el acceso a un sistema de salud público inequitativo y deficiente, así como una alimentación que ha generado el fenómeno de la malnutrición, es decir, el sobrepeso y la obesidad. Es por esto por lo que, tanto afros como hispanos exhiben las tasas más altas de diabetes e hipertensión. En estas condiciones, el contagio es difícil de contener y las complicaciones estallan. Así, el coronavirus va cobrando sus vidas de manera desproporcionada.

Este escenario es muy probable que, en mayor o en menor medida, se encuentre en la mayoría de los países, y que estudios posteriores se encargarán de evidenciar las clases sociales del sistema capitalista global cruelmente exhibidas por una pandemia, a pesar de la eficiencia con la que hayan reaccionado los gobiernos nacionales orientados por la OMS.

En México, es de todos conocida la alta proporción de población que vive en situación de pobreza y de pobreza extrema. Lo que tal vez no sea tan sabido es que la mayoría de la población indígena de México, hasta un 90%, se encuentra en esta situación, lo que nos habla de una grave discriminación étnica. Así, las localidades que concentran a los hablantes de lenguas indígenas (HLI) prácticamente son sinónimo de grados de marginación alto y muy alto. Es decir, presentan rezagos por encima de la media nacional en los temas de ingreso, escolaridad, vivienda y acceso a servicios como el agua potable, drenaje, luz y salud. En el caso de Sonora, la población indígena alcanza el 5% del total y también observa grados de marginación alto y muy alto, con baja y regular seguridad hídrica y alimentaria.

Cabe la pregunta: ¿Pueden estas comunidades dar seguimiento a las recomendaciones de la OMS y del Consejo de Salubridad General de México: aislamiento, distanciamiento, higiene, buena alimentación, ejercicio y no estrés?

En primera instancia, la manera en que se ha comunicado sobre la pandemia está, generalmente, fuera del alcance de su comprensión; desde el uso de la lengua oficial castellana hasta la terminología. Es por esto por lo que, en esta Semana Santa, prevalecieron los tumultuosos festejos de la cuaresma, haciendo caso omiso al distanciamiento social. Aplicar el “quédate en casa” es una aspiración francamente elitista; ¿quién realmente se puede quedar sin el jornal diario?

El abastecimiento de agua potable continúa siendo de mala calidad y, en muchos casos, inexistente. La malnutrición hace estragos con tasas de diabetes y obesidad hasta del doble de la media nacional, lo cual deriva del tipo de alimentos a los que realmente tienen acceso. La hipertensión es un mal generalizado. Los servicios médicos locales prácticamente no existen y, si hay, son muy deficientes. Además, no se han mencionado otros factores de riesgo, pero claramente lo son; por ejemplo, el que la tuberculosis siga presente, la inhibición de la respuesta inmunológica debido a la alta exposición a los COP (contaminantes orgánicos persistentes, utilizados como pesticidas en la agricultura industrial) y la alta incidencia de adicciones, tanto al alcohol como a los estupefacientes (en su peor versión, como el “foco” o “cristal”).

Este fenómeno está asociado a la globalización, aunque no es su causa por sí misma y se puede expresar de múltiples maneras prácticamente en todos los países. Por ello, la ONU ya advirtió sobre el alto riesgo en que se encuentran los pueblos indígenas del mundo frente al COVID-19 (https://twitter.com/onu_es/status/1248222377294450688?s=12). En el caso de Sonora, algunas comunidades indígenas, previo a la declaración del estado de alarma por el gobierno del estado, decidieron cerrar el acceso a sus pueblos a personas “blancas” o externas, sabedores del alto riesgo en que se encuentran. Por ejemplo, los comcaac (seri) lo anunciaron desde la primera semana de marzo. Sin embargo, dada la precariedad de su economía, pronto escasearon los alimentos y las medicinas y tuvieron que pagar de sus bolsas pipas de agua potable. Es decir, en el contexto de la pandemia del COVID 19 se visualiza un escenario de una gran tragedia y es probable que no se alcance a medir jamás, dado que los registros de defunción no preguntan por la adscripción étnica o porque ni siguiera alcancen a llegar a un hospital.

¿Qué hacer?
  1. Establecer en la estrategia de atención a los grupos vulnerables no solo la condición de salud, sino, también, la matriz etnolingüística.
  2. Realizar reuniones inmediatas de las autoridades de salud con las autoridades de los pueblos indígenas para acordar las acciones y prioridades. De mayor importancia es garantizar el abastecimiento de agua potable y los insumos sanitarios (sin costo), así como el abastecimiento de alimentos de buena calidad y de las medicinas necesarias.
  3. Llevar a cabo una estrategia de comunicación asertiva sobre el riesgo del COVID-19.
  4. El desarrollo de bases de datos para el seguimiento diario de la pandemia tendría que avanzar en la integración de criterios etnolingüísticos. Sencillamente, ubicando en las bases de datos del Inegi el porcentaje de HLI de la localidad de origen del paciente o, simplemente, preguntando al paciente sobre si pertenece a un HPI (hogar con población indígena)
  5. Contribuir con donativos.

Colaboración de Diana Luque Agraz, investigadora de la Coordinación de Desarrollo Regional del CIAD. Coordinadora nacional de la Red de Patrimonio Biocultural de México. dluque@ciad.mx

Fuente: www.ciad.mx

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